Después de una discusión, cuando algo te sienta mal, ¿cuánto tiempo tardas en hacer las paces? ¿Cuántas “paces” tienes pendientes de dar? Puede que tu nivel de bienestar dependa de este tipo de acciones. Tener carpetas abiertas con las personas que queremos y valoramos nos quita serenidad. Pero, ¿quién tiene que dar el paso primero? Mucha gente se enreda pensando en quién debería ser el primero en llamar o el primero en pedir perdón, es decir, quién debería favorecer el encuentro para resolver el conflicto. Y de tanto esperar, el problema se enquista, se sobredimensiona y no se soluciona. Y cuanto más tiempo pasa, mayor se hace la bola.

 

Hacer las paces está reñido con ser rencoroso. La persona rencorosa es víctima, más que del agravio, de su pasado. Ni perdona, ni olvida. Está llena de rabia, rumia, recuerda, se ofusca, busca venganza y sobre todo, sufre. Ninguna circunstancia justifica el rencor, porque en el caso de haber vivido una situación dura, humillante o injusta, la mejor opción no es seguir sufriendo por el pasado. Es mucho más saludable aceptar la parte injusta de la vida y tomar medidas, poner límites y hacerte respetar para que no vuelva a ocurrir. Pero estar batallando con el pasado, la situación o la persona, solo te hará sufrir a ti e impedirá que estés ahora viviendo momentos dulces, serenos y felices.

 

Consejos que te ayudarán a perdonar

 

  • Analiza qué ocurrió, desde tu punto de vista y desde el punto de vista de la otra parte. A veces no nos ponemos en el lugar del otro porque eso nos obligaría a pedir perdón o retractarnos de lo ocurrido. Contemplar los distintos puntos de vista facilita la empatía y la comprensión.
  • Piensa que tener opiniones distintas no es motivo para estar enfadado. Se trata de respetar a la otra parte y que ella te respete a ti. Acepta la diversidad y sé flexible.
  • Valora qué te aporta la persona. Debes hacer balance. La rabia impide valorar a la persona con objetividad y tiñe de catastrofismo algo que no lo es. La persona con la que te has enfadado seguro que te ha aportado muchos momentos de bienestar, generosidad u otros valores. Si es así, haz balance. Si no es así, si eres tú el que acostumbra a tirar de este carro, igual este último agravio te sirve para tomar decisiones firmes respecto a la poca conveniencia de esta relación.
  • No midas quién da más. Cuando te dedicas a medir qué entregas y qué recoges de una relación, terminas por sentirte agraviado. Da sin mesura si es lo que sale de ti y olvídate del retorno. En dar está la propia satisfacción.
  • ¿Esto tiene sentido? ¿Tendrán sentido los momentos o días que estás perdiendo por no perdonar? ¿De verdad que te harán conseguir algo valioso? Las conductas se mantienen por las contingencias, por aquello que nos aportan. Pero no hacer las paces por no hacer las paces no tiene sentido.
  • ¿Cuánto vale esta relación? ¿Vale el rato que estás perdiendo estando de mal rollo? ¿Tan poco significa la persona o este momento en tu vida?
  • Hacer las paces no es perder. Puede ser un signo de madurez, de ceder, de ser comprensivo y empático, pero no es una derrota. Si la otra persona lo interpreta así, es su problema, no el tuyo.
  • No juzgues ni interpretes al otro. Es imposible perdonar y hacer las paces con alguien a quien atribuimos malas intenciones. Antes de sacar tus conclusiones de por qué hizo algo que ofendió, pregunta. Dale ese beneficio. Es muy sencillo tergiversar momentos debido a que los evaluamos desde nuestra perspectiva y escala de valores. Pero puede que las intenciones del otro no tengan nada que ver con lo que tú piensas.
  • Recuerda la terapia de Teresa de Calcuta. Se trata de imitar a alguien que para ti sea inspirador, ¿qué haría en estos momentos esa persona si estuviera en tu situación, haría las paces?

 

Y recuerda, a veces es mejor tener paz que tener razón, incluso que ganar una batalla. Hay batallas que no pasa nada por perderlas. La vida sigue y tú sigues siendo maravilloso con la decisión de dejar de luchar en ese conflicto.

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